Un Brugal y una gorra de los Yankees
Guaroa me llamó de un número desconocido un treintaiuno de diciembre a las once de la mañana. Tuvo suerte que atendí. No tomo llamadas de números desconocidos desde que caí en un fraude de tarjetas de recargas telefónicas que no viene al caso. Basta con decir que no confío en nada ni en nadie que no presente credenciales o números reconocibles de antemano.
A Guaroa lo conocí en un set de filmación. Yo trabajaba como segunda asistente de dirección y Guaroa como grip en una película de capital español sobre los arahuacos que pretendía recrear la época precolombina desde un punto de vista más amable para los colonizadores. Los sets de filmación son lugares donde haces amistades de por vida que terminan durando tres semanas, algo así como un grupo de gitanos que se juntan alrededor del sueño de algún otro gitano y pujan y pujan hasta que el sueño se materializa. Luego los gitanos montan en sus vans de producción y desaparecen hasta que otro sueño consigue financiamiento y se vuelven hermanos de por vida por tres semanas más. Y así.
Anita, soy yo, Guaroa.
¿Guaroa?
Guaroa, el grip.
Guaroa, coño, ¿cómo tú tá?
Tamo aquí, pasándola manita. Tú te enteraste, ¿no?
¿Me enteré de qué?
Estoy en Najayo desde abril.
¿En Najayo? Coño, Guaroa. Yo no sabía nada.
Un disturbio del otro lado de la línea lo interrumpió. Algo como una pelea, un alboroto, cosas típicas de una cárcel. Guaroa levantó la voz.
¡Cállense la maldita boca, no joda, que estoy hablando!
Me imaginé a Guaroa con sus manos gigantes de grip, su cara llena de hoyos, sus músculos hinchados de cargar stands, reflectores y marcos de luces. Me lo imaginé en el teléfono público, defendiendo su espacio, poniendo el orden. Pensé que dadas las circunstancias, todos encontramos métodos para sobrevivir. También pensé que Guaroa y yo, aunque nos caímos bien a la primera, nunca fuimos cercanos, y que para estar llamándome un treintaiuno de diciembre seguro le quedaban pocas personas a quienes llamar.
Sí, caí preso por drogas.
Recordé a Guaroa fumando yerba en la parte atrás de la van de luces en el corte de almuerzo, enrolando y pasando el joint a actores vestidos de indígenas con el desprendimiento de un hermano. Nunca imaginé que estuviese metido en líos grandes de droga.
¿Drogas? ¿Tú?
Es un cuento largo. Un tumbe. Yo quedé en el medio. Te juro Anita que no tenía nada que ver. Caí en un gancho.
Coño, Guaroa. No me jodas. Te lo creo, hermanito.
Me cantaron veinte años, pero me gasté lo que tenía en un buen abogado y en conseguir un traslado para acá. Tú sabes cómo es eso.
(No sabía, claro que no sabía).
Al final quedamos en cinco años, llevo seis meses.
Mierda, Guaroa.
¿Y tú, Anita? ¿Estás bien? ¿Y tu mamá? ¿Sigue preparando los guandules con coco que llevabas al set?
Yo… yo estoy bien, mami está más vieja, ya no cocina tanto como antes.
Guaroa había conocido a mi mamá con suerte una vez.
Aquí la comida es una mierda. Me acuerdo de los guandules de tu mamá a cada rato.
Me imagino.
¿Sigues en producción?
No, no. Ahora estoy ayudando a mi hermano en un negocio de celulares. La producción es para gente joven, tú sabes.
Si, yo sé.
Un dejo de tristeza se asomó en la conversación, como si ambos hubiésemos envejecido de repente.
Coño, Anita, qué buenos tiempos aquellos.
Pensé que los momentos que habíamos vivido juntos no alcanzaban para ser llamados “tiempos”, así que permanecí en silencio.
Tú sabes que mami murió en agosto, ¿verdad?
Mierda, Guaroa, no sabía.
Nunca conocí a la señora, ni por referencias, pero que haya muerto en agosto, a meses de la prisión de su hijo, me conmovió casi hasta las lágrimas. ¿Había muerto de tristeza?, ¿de vergüenza? No quise averiguar más y el silencio regresó.
Anita, te estoy llamando porque te quiero pedir algo…
Ahí venía el favor. Los cincuenta mil pesos que necesitaba cuanto antes, el préstamo, el coñazo. Lo peor de mí asumiendo lo peor de él.
Dime, Guaroa.
Necesito que me traigas un litro de Brugal y una gorra de los Yankees a Najayo, pero no quiero que me los mandes, quiero que me los traigas.
Pero… ¿hoy?
Sí, hoy.
Hoy es treintaiuno de diciembre.
Sí.
Me cambié el celular de oído. Mire al suelo, donde hacía círculos con el pie derecho desde hacía rato, como si en el suelo, enterradas, estaban las excusas que me sacarían del compromiso. Un Brugal y una gorra de los Yankees. Si me hubiese pedido una medicina, un abogado, pero era Guaroa y esto sonaba incluso más natural. Me escuché decir Ok, claro, y apenas lo pude creer.
Dale, cuando llegues te anuncias y de allí abajo me mandan a buscar. Sin más, colgó.
Miré el teléfono un minuto, mi reflejo en el cristal apagado, la boca semi abierta. ¿Qué acababa de suceder? Dejé el teléfono sobre el gabinete y terminé de rellenar la pierna de cerdo que estaba preparando para la cena de año nuevo mientras repasaba la conversación en mi cabeza. Cuando estuvo lista la puse en el horno y entré a cambiarme de ropa.
— . —
La plaza estaba llena de gente buscando regalos para las fiestas, los pasillos vestidos de rojo y verde, de guirnaldas y SantaClauses. La navidad había pasado pero hasta Reyes las plazas seguirían disfrazadas de alegría. Entré a la tienda donde vendían productos de Major League Baseball. Una gorra de los Yankees, pregunté. El dependiente me señaló un estante donde los equipos de la liga americana estaban representados. Compré la gorra clásica con las siglas de la ciudad entrelazadas, de color azul marino casi negro. Ni siquiera pregunté el precio. Se ofrecieron a envolverla, pero por algún motivo me pareció falso el envoltorio. Pedí una bolsa de papel y me la llevé. El Brugal lo compré en un colmado a la salida de la autopista seis de noviembre, al lado de una parada de autobuses repleta de personas retornando a sus pueblos, cargadas de fundas y bolsos ajados, el conjunto Quisqueya a todo volumen.
Traigo una juma que nadie me la apea
Por más que me esté quieto todo se me menea…
Compré un litro para Guaroa y de paso uno para la cena.
El trayecto se hizo largo y más peligroso de la cuenta. Las carreteras buscan el protagónico en tiempos de fiesta. Mientras manejaba recordé mis años como asistente de dirección, los buenos tiempos, le había llamado Guaroa. Recordé el empeño que teníamos la mayoría por hacer las cosas bien, recordé el sentimiento de soñar junto a un grupo de extraños, de compartir algo tan personal en tan poco tiempo. Un set de filmación es el lugar donde le cuentas tu vida a un compañero de trabajo en la madrugada, mientras esperas que un director de fotografía ilumine una sala; le cuentas cosas que ni siquiera tu pareja sabe y que te salen naturalmente, por cansancio o por intimidad. Pasé cuatro años trabajando en cine y esa conexión emocional no la he encontrado en ningún otro lado, pero las horas eran cada vez más largas, y con un niño recién nacido las cosas se habían complicado.
Mis pensamientos volvían a Guaroa cuando el letrero de la cárcel apareció en la carretera y toda mi atención se fue hacia allí. En el portón de hierro un guardia me preguntó qué buscaba en Najayo un treintaiuno de diciembre. Le expliqué que tenía un familiar dentro y que necesitaba verlo. Mentí, pero la otra explicación se me hacía muy larga. Me hizo esperar un buen rato, finalmente corrió la puerta y pasé al interior del recinto.
La fila para visitantes no era tan larga como esperaba, y sentí tristeza de nuevo. Un arbolito de navidad recostado de la pared anunciaba que allí también pasaba el tiempo. En cuestión de minutos, luego de entregar documentos y revisarme, Guaroa apareció acompañado de alguien que me pareció comandante de algo. Al verme, su cara agujereada se alivió. No supe si abrazarlo, si darle la mano, si decirle cuánto lo sentía. A lo único que atiné fue a pasarle la bolsa. Guaroa extendió sus manos y la recibió. Miró dentro, sacó el litro de ron y se lo entregó al comandante, que lo examinó un segundo, aprobándolo. El comandante, a cambio, sacó de su bolsillo un pequeño radio de pilas y se lo entregó a Guaroa, que lo encendió y lo apagó, comprobando que funcionaba. El comandante se marchó sin decir palabras, entonces Guaroa me abrazó con el mismo cariño de siempre.
¿Qué tienen para esta noche?, me preguntó.
Vamos… vamos a cenar en casa y luego, tú sabes, a ver los fuegos artificiales con el niño.
Qué bien… qué bien.
¿Qué haría Guaroa cuando finalmente dieran las doce? ¿Esperaría despierto la medianoche? ¿Se abrazaría con algún recluso? ¿Se perdonarían alguna ofensa? Imaginé el año nuevo allí dentro, la cuenta regresiva de Cima Sabor Navideño en monofónico, sonando en el pequeño radio que recién recuperaba, ¿qué te pasa viejo año que te pasa?; quizás sentiría nostalgia por lo perdido o esperanza por lo que viene, un año más es un año menos de condena.
Sacó la gorra de los Yankees de la bolsa y se la acomodó. Le quedaba perfecta. Levantó su mirada, me sonrió y por un segundo fue Guaroa el de producción, el de la sonrisa que alegraba a todos en el set, el que mataría a cualquiera por mí. Feliz año nuevo, Anita. Feliz año nuevo, Guaroa. Se dio la vuelta y se perdió en el patio, entre los demás reclusos. Yo me di la vuelta y aguanté las lágrimas hasta salir afuera. Caminé hacia el parqueo donde me esperaba el auto que me llevaría de vuelta a la capital y a mi fiesta de año nuevo, a mi esposo y a mi hijo de seis años, quienes justo en ese momento se preguntaban a dónde había ido la loca de la casa esta vez, mientras sacaban la pierna de cerdo quemada del horno, preguntándose qué harían ahora que la cena de año nuevo parecía arruinada.